La rotación de clientes en el salón de belleza
La habitación está llena de objetos que no se utilizan. Las perchas vacías junto a la puerta. Las filas de esmaltes en los estantes, cada botella idéntica a la siguiente, contienen colores que no han salido de ahí en mucho tiempo. La planta en la maceta del rincón tiene una hoja seca que cuelga, inmóvil. El aire huele a químicos limpios, a un lugar detenido.
Ella se inclina sobre él
Un hombre está sentado en un sillón giratorio de cuero negro. Lleva una camiseta roja. Su cabello es claro. Una pequeña argenta roja brilla en su lóbulo izquierdo. Sus manos descansan sobre los reposabrazos del sillón. No se mueven.
Una mujer se inclina sobre él. Su pelo oscuro cae hacia adelante, ocultando parte de su rostro. Lleva una chaqueta ligera de color verde claro. Su cuerpo forma un arco sobre el hombre sentado. Su mano derecha se apoya en el respaldo del sillón, justo detrás de su cabeza. La otra mano no se ve.
Ella se inclina un poco más. La distancia entre su cuerpo y el de él se reduce. Su chaqueta verde ahora roza la camiseta roja. La luz de la lámpara de techo ilumina la escena desde arriba, proyectando sombras cortas. El movimiento es lento, un solo gesto que ocupa varios segundos.
La mano de ella en el respaldo del sillón se cierra ligeramente. Los dedos se tensan contra el cuero negro. La otra mano aparece. La lleva al hombro del hombre. No lo agarra. La palma se apoya sobre la tela de la camiseta roja. La presión es mínima, casi imperceptible.
Él no cambia de postura. Su cabeza permanece reclinada contra el cabezal del sillón. Sus ojos miran al frente, hacia donde debería estar un espejo, pero el reflejo está fuera del alcance. Su expresión es plana. No retrocede ni se acerca. Es un elemento quieto en el arco que la mujer forma sobre él.
Ella mantiene la posición. Inclinada. El hombro del hombre bajo su mano. Su pelo oscuro crea una cortina entre su rostro y la luz. La argenta roja en la oreja del hombre es el punto más brillante en la composición de sus cuerpos. No hay sonido. Solo el crujido imaginario del cuero del sillón.
Luego, ella se endereza. El arco se deshace. Se separa de él. La mano abandona su hombro. La otra mano deja el respaldo del sillón. Se queda de pie a su lado, recta. La proximidad termina. Él permanece sentado. La hoja seca de la planta no se ha movido.
Minutos después, los dos están tumbados juntos en el suelo. No está claro cómo llegaron allí. Ya no están en el sillón. Ahora yacen sobre una superficie alfombrada, junto a la base del mismo sillón de cuero negro. Ya no hay espacio entre sus cuerpos.
Él está de lado. Ella está de lado, frente a él. Su chaqueta verde y su camiseta roja son bloques de color contra el fondo neutro de la alfombra. Su brazo descansa sobre su cintura. La mano con la que antes tocó su hombro ahora reposa sobre su cadera. La argenta ya no se ve.
Ella ajusta la posición de su cabeza. Busca un lugar en el hueco de su cuello. Su pierna se dobla ligeramente, avanzando sobre la suya. Es un reacomodo, un pequeño movimiento para encontrar un equilibrio en el suelo. Él no se mueve para ayudarla ni para impedirlo. Su brazo permanece donde ella lo colocó.
Quedan quietos. La luz de la lámpara los baña desde arriba. Las sombras de sus cuerpos se funden en una sola forma alargada sobre la alfombra. Los esmaltes de uñas en los estantes son testigos mudos. El orden inicial de la habitación ha sido alterado por estos dos cuerpos en el suelo. Pero la rutina parece solo pausada, no rota.
Ella se acerca al sillón
La mujer de la sudadera verde claro se levanta del suelo. Su pelo oscuro cae sobre sus hombros. Camina hacia el sillón donde el hombre permanece sentado. Su camiseta roja está arrugada. La mujer se detiene a su lado. Su mano con uñas pintadas se posa en el respaldo del sillón, cerca de su cabeza.
Un objeto cambia de lugar
Ella mira hacia los estantes. Extiende el brazo. Sus dedos rodean el cuello de un frasco de esmalte azul. Lo retira de su lugar entre otros frascos. Lo sostiene en el aire por un momento. El frasco refleja la luz de la lámpara de techo.
Luego lo baja. Lo coloca sobre la pequeña mesa metálica que está junto al sillón. El frasco descansa ahora junto a unas tijeras y un peine. El hombre gira ligeramente la cabeza. Mira el frasco. Vuelve a mirar al frente.
Una mano busca otro punto
La mujer deja el respaldo del sillón. Su brazo cruza el espacio frente al hombre. Su mano se abre. La palma toca el brazo del sillón, del otro lado de su cuerpo. Así queda, inclinada sobre él, con un brazo a cada lado de su cabeza.
Ella no se mueve. Él no se mueve. La sudadera verde claro y la camiseta roja no se tocan. La planta en la maceta permanece inmóvil en su rincón. Los espejos reflejan la escena desde múltiples ángulos.
Se inclina sobre él
La mujer de pelo oscuro y la otra se inclinan sobre el hombre a la vez. Sus cabezas se juntan cerca de la suya. La luz de la lámpara cae sobre sus espaldas. El hombre no mueve las manos, que descansan sobre los apoyabrazos del sillón.
La mujer de la sudadera verde claro apoya una mano en el hombro del hombre. La otra mujer coloca una mano en su otro hombro. Sus dedos se hunden levemente en la tela roja de la camiseta. El hombre gira la cabeza hacia un lado, luego hacia el otro. Sus miradas se cruzan por encima de él. Ninguna de las dos aparta la vista.
- La mujer de pelo oscuro acerca la mano a la nuca del hombre.
- Sus dedos tocan el pelo corto en la base del cráneo.
- La otra mujer repite el gesto en el lado opuesto.
- Ambas manos se mueven hacia arriba, lentamente.
- El cuero cabelludo se tensa bajo sus dedos.
- El hombre cierra los ojos.
- Permanece quieto.
Ellas se enderezan. Sus manos se separan de su cabeza al mismo tiempo. El movimiento es sincronizado, como si lo hubieran practicado. El hombre abre los ojos. Mira al frente, hacia su propio reflejo en el espejo, aunque su mirada no se posa en nada. Las dos mujeres se quedan de pie a los lados del sillón. El marco de madera del espejo los encierra a los tres. Nadie se mueve durante unos segundos. El silencio es completo.
Se mueve entre ellas
Él se levanta del primer sillón. Queda de pie entre las dos mujeres, que ahora ocupan sendos asientos. Su camiseta roja está en su lugar. La mujer de la sudadera verde claro observa desde su butaca. La otra, sin aretes, lo mira desde la otra. Él permanece inmóvil en el centro de la habitación.

El movimiento comienza de nuevo. La mujer de la sudadera verde se levanta. La de pelo oscuro sin aretes también se pone de pie. Se acercan al hombre. Juntas lo conducen hacia el otro sillón, el más grande, cerca del espejo. Las lámparas de la lámpara de araña permanecen encendidas sobre ellos.
Lo que cambia y lo que persiste queda claro en los minutos siguientes.
| Al principio | Al final |
|---|---|
| El hombre se mantiene de pie en el centro. | El hombre yace sobre el sillón. |
| Las dos mujeres ocupan sillones separados. | Las dos mujeres se colocan a sus lados. |
| La sudadera verde cubre los hombros de la mujer. | La sudadera verde sigue en su sitio. |
| Una planta enmacetada descansa en una esquina. | La planta enmacetada permanece en la esquina. |
La mujer de la sudadera verde termina acostada de espaldas sobre el asiento. El hombre se coloca sobre ella. La otra mujer observa de cerca. El proceso es lento, metódico. Los cuerpos encuentran nuevas posiciones bajo la luz constante. Ningún objeto en los estantes se ha movido.
Se desplaza sobre su pecho
La mujer de la sudadera verde claro se levanta del suelo. Camina hacia el sillón donde el hombre permanece sentado. Se sube a él, colocando una rodilla a cada lado de sus caderas. Su falda se arruga contra el rojo de su camiseta.
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Ella se sienta sobre su regazo, frente a frente. Sus brazos caen a los lados del sillón. Los de él se quedan sobre los reposabrazos, las palmas hacia arriba.
La otra mujer, la de los pendientes, se acerca. Se queda de pie junto al sillón, observando. Su brazo roza la hoja de la planta en la maceta.
La que está sentada sobre el hombre inclina la cabeza hacia un lado. La de pie levanta una mano. Sus dedos tocan la superficie de la oreja del hombre, cerca de la argolla roja. No llegan a agarrarla.
Así permanecen. El movimiento se detiene. Solo la luz de la lámpara de techo vibra sobre los esmaltes de uñas en los estantes.
La mujer de pie da un paso atrás. Su mirada va de la cara del hombre a la nuca de la otra mujer.
Luego, la que está sentada se desliza hacia adelante sobre el pecho del hombre. Se ajusta en su posición. Su mano izquierda se apoya en el hombro de él, para no resbalar.
La mano en el cuello
La mujer de la sudadera verde claro está sentada sobre el hombre, de espaldas a su pecho. Sus piernas flanquean sus muslos. El hombre permanece en el sillón, inmóvil. La mujer de los pendientes se inclina sobre ellos. Su brazo se extiende por encima del hombro de la otra mujer. Su mano alcanza el cuello del hombre.
Los dedos de la mujer de los pendientes se cierran. La presión es firme. La cabeza del hombre se reclina ligeramente contra el respaldo del sillón. La mujer sentada no se mueve. Mira hacia el techo, hacia la lámpara que pende sobre ellos. La mujer inclinada ajusta su agarre. Su nudillo blanquea contra la piel.
El hombre levanta una mano. La desplaza por el aire, lenta. La mano encuentra el brazo de la mujer sentada. Sus dedos se posan allí. No agarran. No empujan. Solo se quedan.
Tres personas en un salón. Un movimiento sostenido. Un contacto triple. La luz de la lámpara ilumina los tres rostros, los espejos vacíos, el árbol en su maceta. La mano en el cuello no se retira. La mano en el brazo tampoco. El minuto nueve pasa.